La meditación ha sido una compañera fiel de la humanidad desde hace más de 3.000 años. Muchas tradiciones religiosas, filosóficas y culturales valoraron su enorme potencial como una herramienta de discernimiento que favorece la claridad mental y la capacidad para comprender la realidad desde una perspectiva nueva y libre de prejuicios.

Aunque la religión cristiana –por medio de autores como S. Juan de la Cruz o Santa Teresa– practicaron la contemplación, Occidente ha vivido de espaldas a estas prácticas durante siglos, hasta que una sociedad sumida en la prisas, el estrés, la dispersión mental y la ansiedad han vuelto sus ojos hacia Oriente para combatir la insatisfacción y la desconexión interior tan propios de nuestro tiempo con esta sabiduría milenaria.

El silencio mental es un bien necesario, pero difícil de alcanzar. Es por ello que encontrar un momento de calma en el que seamos capaces de reducir o acallar el continuo parloteo interno para descansar en un espacio de no reactividad se ha convertido en un objetivo altamente deseable.

La experiencia meditativa nos permite atender al momento presente, a ser conscientes de nuestros contenidos mentales sin identificarnos con ellos. Entender que “yo no soy mis pensamientos, ni mis emociones” debilita las reacciones impulsivas potenciando la ecuanimidad en las situaciones difíciles.

Estas prácticas también ayudan al individuo a abrir un espacio de libertad entre él y sus contenidos mentales, que permite observarlos con distancia y conservar la calma mental para discernir la realidad con mayor claridad. Centrarnos en el momento presente nos libera de la ansiedad de lo que pueda suceder en el futuro y de los remordimientos por nuestros errores pasados.