Dicen que la creatividad es una capacidad típicamente humana que también podría encontrarse en algunos primates superiores. Sin embargo, observando a algunas de mis antiguas mascotas, encuentro muy creativas algunas de sus estrategias para escapar a la autoridad humana y salirse siempre con la suya. Quizás sea ese el rasgo que nos diferencia: ellos husmean, buscan, se las inventan todas para conseguir sus fines, mientras que las personas podemos investigar por mera curiosidad o, simplemente, para divertirnos un rato.

Siendo una cualidad humana, muchas personas están convencidas de que son poco o nada creativas y no se sienten atraídos o no se atreven a desarrollar actividades artísticas porque la idea de compartir los resultados les produce ansiedad y miedo. No quieren correr el riesgo de ser juzgados por sus obras, ni ser considerados unos ignorantes atrevidos por llevar a cabo intentonas de principiante.

A todos ellos les diría que la capacidad para ser creativos está en todos nosotros, porque es una característica común al ser humano, relacionada con la supervivencia de la especie y la felicidad del individuo. Que algunos puedan manejar mejor que otros esta habilidad o que disfruten de una tendencia innata a actuar de una forma original, no significa que la creatividad no pueda ser “educable” y potenciada, incluso “desatascada”, cuando existe un bloqueo que impide a la persona expresarla libremente. Quizás, aún así, nunca lleguemos a producir una obra memorable, pero podremos disfrutar de ese estado de plenitud en el que se ensancha la conciencia a fuerza de explorar territorios desconocidos.

La mayoría puede experimentar que dibujando, escribiendo o planificando cualquier nueva actividad la creatividad comienza a desperezarse y se muestra cada vez más activa. Y si nos acostumbramos a prestar atención al presente para realizar cualquier tarea rutinaria, descubriremos que hay otras muchas formas de hacer casi todo lo que normalmente repetimos de una manera automática y con la mente perdida en sus constantes divagaciones.

Parece obvio que la creatividad no puede enseñarse de la forma sistemática en la que se imparten las matemáticas, pero podemos poner los medios para convertir nuestro interior en un campo fértil en el que las ideas afloren de forma cada vez más espontánea, porque la creatividad genera más creatividad y no es necesario disfrutar de una inteligencia especial para saber dar rienda suelta a la imaginación y acostumbrarnos a pensar con más osadía y menos autocensura.

Aprender a acallar al juez interior y comenzar a mirar las cosas con la misma atención y asombro de la primera vez son dos aspectos del cambio de actitud que ayudan a que todo fluya sin frenar la experiencia. Y cuando las ideas empiezan a brotar y no se reprimen, dan lugar a otras nuevas que se complementan e interconectan para relacionar conceptos ordinarios que pueden llegar a formar asociaciones extraordinarias. Tal como decía J. L. Godard, la clave de todo el asunto no estaría en “De dónde tomas las cosas, sino a dónde las llevas”.

Por último, recordar que ser creativo no solo sirve para construir una historia increíble o para pintar un cuadro magnífico, también constituye una vitamina envidiable para mantener en plena forma el cerebro y aligerar el peso de la rutina. ¿Alguna otra cosa? Ah, sí: al parecer también nos permite adaptarnos con mayor rapidez a los cambios y fluctuaciones que sufrimos a lo largo de nuestras azarosas existencias.